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Cuando
se sumaba la diarrea provocada por el hambre, el decaimiento se producía
aún más rápidamente. Los gestos se volvían nerviosos y descoordinados.
Cuando permanecía sentado, el tronco se tambaleaba con movimientos incontrolados;
a la hora de caminar ya no era capaz de levantar las piernas.
El musulmán ya no era ni dueño de su propio cuerpo. Le salían edemas
y úlceras, estaba sucio y olía mal. El aspecto físico de un musulmán
se describía como sigue:
Extremadamente delgado, la mirada apagada, la expresión indiferente
y triste, los ojos profundamente hundidos, el color de la piel gris
pálido; la piel se iba haciendo transparente y seca, como de papel,
y terminaba pelándose. El pelo se volvía duro y tieso, sin brillo, y
se partía con facilidad. La cabeza parecía aún más alargada al sobresalir
los pómulos y las órbitas de los ojos. También las actividades mentales
y las emociones sufrían un retroceso radical. El preso perdía la memoria
y su capacidad de concentración. Todo su ser se concentraba en una sola
meta (su alimentación). Las alucinaciones provocadas por el hambre
disimulaban el hambre atormentadora. Sólo registraba lo que se le ponía
directamente delante de los ojos y sólo oía cuando le gritaban. Se resignaba
sin resistencia alguna a los golpes. En la última fase, el preso ya
ni siquiera sentía ni hambre ni dolores. El musulmán moría en la miseria,
cuando ya no aguantaba más. Personificaba la muerte en masa, la muerte
por inanición, el asesinato psíquico y el abandono, un muerto ya en
vida.
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