La Expedición para Matar a Rommel

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    GEOFFREY KEYES sabía que estaba corriendo un gran riesgo como teniente coronel de los "comandos", Keyes se daba perfectamente cuenta del peligro que representaba colocar una sub-ametralladora en el estómago de un centinela. Pero tenía que forzar la entrada y nueve de diez hombres se quedaban aterorizados, helados por la sorpresa cuando sentían la presión del cañón del arma.

    Nueve de diez hombres, sin embargo, Keyes no tuvo suerte aquella noche.

    El centinela alemán emitió un gruñido y movió su brazo por acción refleja. Cogió el corto cañón por la punta y lo hizo a un lado con un solo movimiento, y se aferró. Cuerpo a cuerpo él y Keyes luchaban por la posesión del arma en la entrada. Cala una lluvia torrencial norafricana que resonaba como tambor.

    -Era una situación ridícula, -afirma el Capitán Robin Campbell que permanecía inmóvil precisamente atrás de Keyes-. Ellos estaban tensos y jadeaban como luchadores, permaneciendo así por, aproximadamente, diez segundos. El alemán luchaba por su vida; Keyes lo hacía desesperadamente para librarse del hombre sin despertar a todo el cuartel general.

    "Antes que pudiera moverme para rebasar a Keyes, el centinela lo había arrinconado contra la pared, aún sosteniendo el arma, y con cada uno de sus costados protegidos por las puertas de entrada.

    Campbell sacó su Colt .45. Se inclinó sobre el chorreante ya casi exhausto Keyes y le metió un tiro en un ojo al alemán. El estampido de la Colt hizo eco una y otra vez a lo largo del oscuro corredor. El casco de acero del alemán resonó cuando su cabeza golpeó el suelo de piedra. Y Keyes, liberado de aquel centinela de reacciones rápidas que jamás pensó encontrarse, corrió por el largo pasillo con Campbell pisándole los talones. Ya no había motivo para guardar silencio. La incursión contra Rommel estaba en todo su apogeo. Ya era cosa de matar o ser muerto, y si la acción moratoria del centinela les había impedido atrapar al general... Bueno no había tiempo para pensar en esto ahora, los incursionistas que iban tras de Rommel sembraban la muerte. Abrían a puntapies puerta tras puerta, rociando a los ocupantes de las habitaciones con balas y lanzándoles granadas de acción rápida. En total dieron muerte a unos treinta hombres y oficiales del Afrika Korps, varios de ellos, hombres clave del Estado Mayor de Rommel.