 |
Estoy hablando
de las armas secretas alemanas a las cuales se encuentra estrechamente
ligado el nombre, o mejor dicho, el genio de Wernher von Braun, al cual
me ligó, durante años, una amistad fraterna. En concreto,
desde 1944 hasta su muerte.
Que
Alemania hacia el final del conflicto, dispusiese de un arsenal de armas
que, con relación a las que normalmente usaban sus enemigos por
estructura y potencia desafiaban la fantasía, es un hecho reconocido
fuera ya de toda discusión.
Con
el fin de la guerra, el mito de estas armas terminó o, cuanto
menos fue archivado especialmente por quienes ante el primer anuncio
del empleo de medios capaces de revolucionar la técnica bélica,
se mostraron incrédulos y atribuyeron la sensacional declaración
al cerebro, siempre en fermento, de aquel brujo de la propaganda alemana
que fue el ministro Goebbels. Pero la capitulación de Alemania,
con la desaparición de las pesadillas que en los últimos
meses habían empujado a los Estados Mayores aliados a forzar
las defensas germánicas con un amplísimo empleo de hombre
y de medios, abrió el camino a la verdad y la historia de las
armas secretas se convirtió en una nueva rama de la ciencia militar
al cual se aplicaron de inmediato, y con extremo interés estadounidenses,
ingleses y rusos.
En
1945, al anunciar oficialmente la victoria, Churchill dijo: “Los
descubrimientos recientemente llevados a cabo por nosotros en territorio
alemán, francés y holandés, muestran como el derrumbe
del enemigo libró a Gran Bretaña del peligro, gravísimo,
no sólo de los torpedos volantes y de los proyectiles cohetes,
sino también de las baterías múltiples de gran
radio que estaban a punto de ser instaladas contra Londres. Los Ejércitos
aliados aplastaron la víbora en su nido, justo a tiempo. Los
alemanes estaban, además alistando una nueva flota de sumergibles
a inmersión continua y estudiando una nueva táctica que,
materializada, habría podido llevar la guerra submarina a un
grado equiparable a los peores días de 1942”.
A
esta autorizada voz se unieron otras muchas llegándose a la publicación
de un verdadero y propio catálogo de aquello que los científicos
alemanes estaban aprontando para la Wehrmacht, cuando ya había
comenzado su agonía. El coronel D.L. Putt, del Mando de las Fuerzas
Armadas estadounidenses destacadas en los territorios ocupados, no fue
menos explícito que Churchill al comentar la conclusión
de las operaciones. “Sólo unas pocas semanas más
-dijo- y los alemanes habrían puesto en funcionamiento un
arma resolutiva, acoplando la V-2
a la bomba atómica de la que poseían dos ejemplares”.
Y después, el jefe supremo de las tropas de invasión,
general Eisenhower, en su libro “Cruzada en Europa“, escribió:
Si el enemigo hubiese podido ultimar la producción de sus
nuevas armas seis meses antes y usarlas en masa, nuestro desembarco
habría sido seriamente obstaculizado, sino convertido en imposible.
Estoy convencido que con el empleo de tales medios, los alemanes habrían
podido hacer fracasar nuestra operación “Overlord”.
Las
palabras de Eisenhower encontraron eco en una publicación de
la Universidad de Chicago titulada “El arma aérea de la
SGM”, en la que se lee: Para los aliados la operación
“Overlord” se resolvió afortunadamente. Pero en los
últimos meses los alemanes habrían podido cambiar el curso
de la guerra.
Tras
una primera oleada de revelaciones clamorosas, como he dicho, volvió
el silencio. Fue la aparición de los primeros platillos volantes
lo que reavivó el recuerdo de las armas secretas alemanas y relacionó
el misterio de aquellas inalcanzables y velocísimas máquinas
a lo que Alemania produjo cuando se encontraba en las últimas.
¿Había o no algo de verdad en todo esto? Lo veremos de
inmediato.
|
LAS
DUDAS DE MUSSOLINI
Sobre
la existencia o no de nuevos destructores ingenios con los cuales el
III Reich se aprestaba a revolucionar el arte bélico conocido
hasta entonces, se hablaba mucho, pero sin datos precisos, dado que
en la materia los alemanes eran muy avaros de información, incluso
con sus aliados y en particular con los italianos. Mussolini estaba
ansioso de saber pero cada vez que afrontaba el argumento se le respondía
con un muro de circunspección. De las armas secretas, Hitler
y Mussolini hablaron por vez primera durante un encuentro que celebraron
en abril de 1944 en las cercanías de Salzburgo, en el castillo
de Klessheim, construido por Hildebrand, padre del barroco austriaco,
que había pertenecido al hermano del emperador Francisco José
y que fue residencia estival de los obispos salzburgueses. El encuentro
duró tres días. Con Mussolini se encontraba el mariscal
Rodolfo Graziani, mientras que a Hitler le acompañaba Von Ribbentrop,
Keitel, Dollman y el embajador Rhan.
Mussolini
llegó de Italia en tren: Graziani en automóvil. El convoy
especial que llevaba al duce se detuvo en vía muerta. El führer
esperaba a su huésped en la estación. Utilizando automóviles,
el grupo de personalidades alcanzó el castillo en el que se hospedaron
sólo Mussolini y Graziani, mientras que los demás ocuparon
un palacete en el parque, que fue residencia del archiduque Pedro Fernando.
El primer coloquio, de alrededor de una hora, sirvió a Hitler
para trazar un panorama de la situación general, política
y militar. Fue un soliloquio en el curso del cual el jefe del III Reich
vertió sobre los presentes un torrente de impresiones y de declaraciones,
tocadas de un ligero optimismo. En aquella época, Hitler se encontraba
fatigado, deciase que perdía la vista rápidamente y, desde
luego, se notó que caminaba inseguro, seguido de continuo por
su médico personal. Durante las discusiones estuvo, sin embargo,
vivacísimo y agresivo. Afirmó que la conclusión
de la guerra sería sin duda victoriosa porque el inmediato empleo
de nuevas armas desharía los planes enemigos.
Paseando
por la estancia, mientras Mussolini, sentado en un sillón lo
miraba intensamente, ansioso de saber la verdad, dijo: “…tenemos
aeroplanos a reacción, tenemos submarinos no interceptables,
artillería y carros colosales, sistemas de visión nocturna,
cohetes de potencia excepcional y una bomba cuyo efecto asombrara al
mundo. Todo esto se acumula en nuestros talleres subterráneos
con rapidez sorprendente. El enemigo lo sabe, nos golpea, nos destruye,
pero a su destrucción responderemos con el huracán y sin
necesidad de recurrir a la guerra bacteriológica para la cual
nos encontramos igualmente a punto”. Con las manos a la espalda,
la cabeza baja, medía en largo y ancho la sala que resonaba a
sus pasos. En un momento dado se detuvo y, dirigiendo sus ojos enrojecidos
sobre sus huéspedes, añadió: “No hay una
sola de mis palabras que no tenga el sufragio de la verdad. ¡Veréis!
”.
Mussolini
regresó a Gargnaro, sobre el lago de Garda, donde tenía
su residencia algo más tranquilizado, pero con evidentes deseos
de saber más.
En
el otoño de 1944 fui llamado a la villa de Orsoline, que se encontraba
poco distante de la villa Feltrinelli, en la cual el jefe de la República
Social habitaba con su familia y allí el duce me dio el encargo
de viajar a Alemania para ver, me dijo: ...más de cuanto
se me ha dicho en Klessheim donde sólo obtuve informaciones genéricas.
Comprendo las reservas del “führer” pero al menos yo
debería disponer de informaciones más precisas. Le confío,
pues, un encargo delicadísimo para el cual le he preparado algunas
cartas credenciales. A su regreso venga a darme cuentas. Las cartas
eran una para Goebbels y otra para Hitler. sigue
»
|