Las “ARMAS SECRETAS” de Hitler, algo más que fantasía.

Luigi Romersa
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RELATO DE UN TESTIGO

    Viaje a Alemania en automóvil. En el cuartel general de Hitler en Rastenburg, en Prusia Oriental el jefe del III Reich en persona, después de haber leído la carta de Mussolini me autorizó a visitar las fábricas de armas secretas y a asistir a varios experimentos. Comencé con las fábricas subterráneas, concentradas sobre todo en Baviera y en la alta Silesia. Estaba a punto de ser lanzada la V-2, hablándose de ella como un perfeccionamiento de la V-1, que se había demostrado demasiado lenta y por eso mismo abatible por la caza británica. Vi una V-2 en su montaje y en el lanzamiento. Era un ingenio de más de 14 Tm., cargado de explosivo de gran potencia, previsto de un sistema de propulsión absolutamente nuevo. Tenía un alcance de varios centenares de kilómetros, viajaba por la estratosfera y caía sobre el blanco a velocidad supersónica. Ni los aviones, ni los medios normales de avistamiento podían impedir la caída o advertir la llegada.
    Las fábricas subterráneas a las que he hecho referencia, eran pequeñas ciudades construidas en las vísceras de las montañas. Se bajaba con ascensores, como en las minas. Las entradas, oportunamente mimetizadas eran vigiladas por patrullas y defendidas por puestos de ametralladoras y artilleros. Inmensas galerías, iluminadas de continuo, se extendían a lo largo de kilómetros y kilómetros, enlazadas por trenecillos que servían para el transporte del material y de las personas.
    Durante la visita, vi también algunas galerías de la Luftwaffe en las que se estaban concentrando los aviones de cohetes y a reacción para una gran ofensiva. En las cercanías de Kiel donde en los astilleros fortificados había varios sumergibles provistos de un ingenio, el schnorkel, que les permitiría permanecer inmersos durante un tiempo indeterminado, en un lugar observé a un gran torpedo. De especial el artefacto tenía solo la cabeza, bastante gruesa. Supe por uno de los ingenieros que se trataba de un torpedo acústico capaz de buscar el blanco. Lanzados por un submarino, estos torpedos que navegaban en inmersión, eran atraídos por las ondas producidas por las hélices de los barcos atacados. Dotados de una velocidad superior a la de los torpedos normales, estaban en condiciones de seguir y alcanzar cualquier buque. De todas formas el punto fuerte del arsenal bélico germánico era la bomba disgregadora, es decir la atómica, cuyo primer experimento tuvo lugar en una isla del Báltico, en Rügen.
    En la noche entre el 11 y el 12 de octubre de 1944 me encontraba de nuevo en Berlín. Un automóvil militar vino a recogerme al hotel Adlon, en el que me alojaba. Uno de los Oficiales que se encontraba a bordo del vehículo me comunicó que al regreso del viaje sería recibido por el ministro Goebbels. Pregunté que a dónde íbamos pero no contestaron. Partimos a las dos de la madrugada. Llovía con insistencia. Una lluvia continua y sutil, desde un cielo bajo, lleno de nubes hilachosas. Llegamos al destino hacia las diez. Sólo cuando descendí del automóvil supe que me encontraba en la costa báltica, en las cercanías de Stralsund, y que con una motora alcanzamos la isla de Rügen. Este era el centro de experiencias donde se alistaban las nuevas armas alemanas, un lugar secreto vigilado por unidades especiales y vedado a quien no se encontrase en posesión de un salvoconducto firmado por el jefe del Estado Mayor General de la Wehrmacht.
    Nos dirigimos de inmediato a una zona protegida por árboles. En una vasta área del bosque habían sido preparadas construcciones en piedra y refugios de cemento armado. Entramos en una torre blindada, semienterrada, a través de una puerta metálica que fue cerrada de inmediato. Dentro estábamos cuatro: mis dos acompañantes, un hombre vestido de un mono y yo. "Asistiremos a una prueba de bomba disgregadora. Es el más potente explosivo descubierto hasta ahora. Destruye todo. No se resiste nada", dijo uno. Casi no respiraba. Miraba el reloj y esperaba que fuese mediodía, hora fijada para el experimento. Nuestro observatorio se encontraba a algunos kilómetros de la zona del estallido. Hasta la tarde -intervino el hombre vestido con el mono- habrá que permanecer aquí dentro. Saldremos al anochecer. La bomba desprende radiaciones que pueden dañar seriamente. Su radio de acción es mucho más amplio que el de una potentísima bomba normal. Más o menos un kilómetro y medio. La lluvia se había hecho más violenta. De pronto, en el interior del refugio sonó el teléfono. Desde la central advirtieron que el experimento había sido anticipado a las 11:45.

    Desde del refugio, a la altura de los ojos, tenia una aspillera protegida por una cristal ahumado. Veía sólo árboles y tierra baldía y oscura. El teléfono sonó de nuevo. Comunicaron la hora exacta con la cual sincronizamos nuestros relojes. De pronto un bramido tremendo sacudió las paredes de la torre; después de un resplandor cegador, una densa cortina de humo se extendió sobre el campo. Nadie hablaba. Con los ojos pegados a la aspillera miraba la nube que avanzaba compacta. Fuimos engullidos por ella. La sensación era que la torre se precipitaba en un abismo. Finalmente, el hombre vestido con el mono, que era un coronel del Heerswaffencunt, el servicio dedicado a la preparación de los armamentos, rompió el silencio y dijo:
    Lo que constataremos hoy es de importancia excepcional. Cuando podamos lanzar nuestra bomba sobre las tropas de invasión o sobre una gran ciudad enemiga, los angloamericanos se verán obligados a meditar si vale la pena continuar la guerra o concluirla razonablemente. Hace años que estudiamos. A través de experiencias largas y fatigosas hemos llegado finalmente a la realización del ingenio. Tenemos establecimientos por doquier. Algunos han sido alcanzados y dañados, especialmente en Noruega, pero en Peenemunde todo permanece intacto, si bien los aliados han tratado de arrasar aquella central. En seis o siete meses habremos construido las primeras bombas en serie y entonces las cosas cambiarán, si bien algunos se encuentran confusos ante el empleo de este terrible medio”.
    Hacia las dieciséis horas, en la penumbra, aparecieron unas sombras. Corrían hacia nuestro refugio. Eran soldados que endosaban extrañas escafandras. Entraron y cerraron tras de si apresuradamente la puerta. Alles kaput!, digo uno, después de haberse quitado la protección. También a nosotros nos dieron una especie de albornoz blanquecino, rugoso y filamentoso. No podría decir de que estaba hecho, aunque al tacto parecía un compuesto de amianto. Ante los ojos el cubrecabezas tenía un pedazo de mica. Calzamos botas altas pero ligerísimas y metimos las manos en guantes del mismo tejido que el albornoz. Salimos en fila precedidos por los soldados. A medida que avanzábamos la tierra aparecía más revuelta. Hacía frío y la humedad llegaba hasta los huesos en aquel bosque por el que parecía que hubiera pasado una oleada de fuego. En un cierto momento, con el pie golpeé algo. Era la carroña de una cabra carbonizada. Las casitas que pocas horas antes había visto instaladas habían desaparecido, reducidas a montones de piedras. Más nos avecinábamos al lugar de la explosión y más la ruina tenía aspecto trágico. La hierba había tomado un extraño color de gamuza y los árboles que permanecían en pie estaban desprovistos de hojas.             sigue »

 

Vergeltungswaffe Zwei (V-2)





Vergeltungswaffe Eins (V-1)