Viaje
a Alemania en automóvil. En el cuartel general de Hitler en Rastenburg,
en Prusia Oriental el jefe del III Reich en persona, después
de haber leído la carta de Mussolini me autorizó a visitar
las fábricas de armas secretas y a asistir a varios experimentos.
Comencé con las fábricas subterráneas, concentradas
sobre todo en Baviera y en la alta Silesia. Estaba a punto de ser lanzada
la V-2, hablándose de ella
como un perfeccionamiento de la V-1,
que se había demostrado demasiado lenta y por eso mismo abatible
por la caza británica. Vi una V-2 en su montaje y en el lanzamiento.
Era un ingenio de más de 14 Tm., cargado de explosivo de gran
potencia, previsto de un sistema de propulsión absolutamente
nuevo. Tenía un alcance de varios centenares de kilómetros,
viajaba por la estratosfera y caía sobre el blanco a velocidad
supersónica. Ni los aviones, ni los medios normales de avistamiento
podían impedir la caída o advertir la llegada.
Las
fábricas subterráneas a las que he hecho referencia, eran
pequeñas ciudades construidas en las vísceras de las montañas.
Se bajaba con ascensores, como en las minas. Las entradas, oportunamente
mimetizadas eran vigiladas por patrullas y defendidas por puestos de
ametralladoras y artilleros. Inmensas galerías, iluminadas de
continuo, se extendían a lo largo de kilómetros y kilómetros,
enlazadas por trenecillos que servían para el transporte del
material y de las personas.
Durante
la visita, vi también algunas galerías de la Luftwaffe
en las que se estaban concentrando los aviones de cohetes y a reacción
para una gran ofensiva. En las cercanías de Kiel donde en los
astilleros fortificados había varios sumergibles provistos de
un ingenio, el schnorkel, que les permitiría permanecer inmersos
durante un tiempo indeterminado, en un lugar observé a un gran
torpedo. De especial el artefacto tenía solo la cabeza, bastante
gruesa. Supe por uno de los ingenieros que se trataba de un torpedo
acústico capaz de buscar el blanco. Lanzados por un submarino,
estos torpedos que navegaban en inmersión, eran atraídos
por las ondas producidas por las hélices de los barcos atacados.
Dotados de una velocidad superior a la de los torpedos normales, estaban
en condiciones de seguir y alcanzar cualquier buque. De todas formas
el punto fuerte del arsenal bélico germánico era la bomba
disgregadora, es decir la atómica, cuyo primer experimento tuvo
lugar en una isla del Báltico, en Rügen.
En
la noche entre el 11 y el 12 de octubre de 1944 me encontraba de nuevo
en Berlín. Un automóvil militar vino a recogerme al hotel
Adlon, en el que me alojaba. Uno de los Oficiales que se encontraba
a bordo del vehículo me comunicó que al regreso del viaje
sería recibido por el ministro Goebbels. Pregunté que
a dónde íbamos pero no contestaron. Partimos a las dos
de la madrugada. Llovía con insistencia. Una lluvia continua
y sutil, desde un cielo bajo, lleno de nubes hilachosas. Llegamos al
destino hacia las diez. Sólo cuando descendí del automóvil
supe que me encontraba en la costa báltica, en las cercanías
de Stralsund, y que con una motora alcanzamos la isla de Rügen.
Este era el centro de experiencias donde se alistaban las nuevas armas
alemanas, un lugar secreto vigilado por unidades especiales y vedado
a quien no se encontrase en posesión de un salvoconducto firmado
por el jefe del Estado Mayor General de la Wehrmacht.
Nos
dirigimos de inmediato a una zona protegida por árboles. En una
vasta área del bosque habían sido preparadas construcciones
en piedra y refugios de cemento armado. Entramos en una torre blindada,
semienterrada, a través de una puerta metálica que fue
cerrada de inmediato. Dentro estábamos cuatro: mis dos acompañantes,
un hombre vestido de un mono y yo. "Asistiremos a una prueba
de bomba disgregadora. Es el más potente explosivo descubierto
hasta ahora. Destruye todo. No se resiste nada", dijo uno.
Casi no respiraba. Miraba el reloj y esperaba que fuese mediodía,
hora fijada para el experimento. Nuestro observatorio se encontraba
a algunos kilómetros de la zona del estallido. Hasta la tarde
-intervino el hombre vestido con el mono- habrá que permanecer
aquí dentro. Saldremos al anochecer. La bomba desprende radiaciones
que pueden dañar seriamente. Su radio de acción es mucho
más amplio que el de una potentísima bomba normal.
Más o menos un kilómetro y medio. La lluvia se había
hecho más violenta. De pronto, en el interior del refugio sonó
el teléfono. Desde la central advirtieron que el experimento
había sido anticipado a las 11:45.
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Desde
del refugio, a la altura de los ojos, tenia una aspillera protegida
por una cristal ahumado. Veía sólo árboles y
tierra baldía y oscura. El teléfono sonó de nuevo.
Comunicaron la hora exacta con la cual sincronizamos nuestros relojes.
De pronto un bramido tremendo sacudió las paredes de la torre;
después de un resplandor cegador, una densa cortina de humo
se extendió sobre el campo. Nadie hablaba. Con los ojos pegados
a la aspillera miraba la nube que avanzaba compacta. Fuimos engullidos
por ella. La sensación era que la torre se precipitaba en un
abismo. Finalmente, el hombre vestido con el mono, que era un coronel
del Heerswaffencunt, el servicio dedicado a la preparación
de los armamentos, rompió el silencio y dijo:
“Lo
que constataremos hoy es de importancia excepcional. Cuando podamos
lanzar nuestra bomba sobre las tropas de invasión o sobre una
gran ciudad enemiga, los angloamericanos se verán obligados
a meditar si vale la pena continuar la guerra o concluirla razonablemente.
Hace años que estudiamos. A través de experiencias largas
y fatigosas hemos llegado finalmente a la realización del ingenio.
Tenemos establecimientos por doquier. Algunos han sido alcanzados
y dañados, especialmente en Noruega, pero en Peenemunde todo
permanece intacto, si bien los aliados han tratado de arrasar aquella
central. En seis o siete meses habremos construido las primeras bombas
en serie y entonces las cosas cambiarán, si bien algunos se
encuentran confusos ante el empleo de este terrible medio”.
Hacia
las dieciséis horas, en la penumbra, aparecieron unas sombras.
Corrían hacia nuestro refugio. Eran soldados que endosaban
extrañas escafandras. Entraron y cerraron tras de si apresuradamente
la puerta. Alles kaput!, digo uno, después de haberse quitado
la protección. También a nosotros nos dieron una especie
de albornoz blanquecino, rugoso y filamentoso. No podría decir
de que estaba hecho, aunque al tacto parecía un compuesto de
amianto. Ante los ojos el cubrecabezas tenía un pedazo de mica.
Calzamos botas altas pero ligerísimas y metimos las manos en
guantes del mismo tejido que el albornoz. Salimos en fila precedidos
por los soldados. A medida que avanzábamos la tierra aparecía
más revuelta. Hacía frío y la humedad llegaba
hasta los huesos en aquel bosque por el que parecía que hubiera
pasado una oleada de fuego. En un cierto momento, con el pie golpeé
algo. Era la carroña de una cabra carbonizada. Las casitas
que pocas horas antes había visto instaladas habían
desaparecido, reducidas a montones de piedras. Más nos avecinábamos
al lugar de la explosión y más la ruina tenía
aspecto trágico. La hierba había tomado un extraño
color de gamuza y los árboles que permanecían en pie
estaban desprovistos de hojas. sigue
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Vergeltungswaffe
Zwei (V-2) |
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Vergeltungswaffe
Eins (V-1) |
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