Las “ARMAS SECRETAS” de Hitler, algo más que fantasía.

Luigi Romersa
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LO QUE DIJO GOEBBELS  

    Por la noche regresé a Berlín. Hacia finales de octubre tuvo lugar mi encuentro con Goebbels, en su casa de la Unterden Linden. Era la primera vez que lo veía directamente. Vestía un traje gris con una camisa blanca y una corbata azul a rayas rojas. Era pequeño, con el rostro más bien oscuro y los ojos movilísimos y punzantes. Sé por el subsecretario Neumann -me dijo- que ha tenido una entrevista exhaustiva y que ha asistido a un experimento en Rügen. Con estos y otros medios que en algunos meses estaremos en condiciones de producir en gran número, podremos inferirle al enemigo un golpe decisivo. La bomba disgregadora, cuya fabricación en serie ha comenzado con un notable retraso sobre la fecha prevista, será la gran novedad de este siglo. Una contramedida, si tiene lugar, no será posible antes de un par de años, cuando la guerra será ya un recuerdo…
    Hizo una pausa tras la cual añadió: De los sumergibles especiales, provistos de schnorkel y de motores de turbina; de las nuevas bombas V radiodirigidas, de las cuales la última será una sorpresa sin precedentes; de los aviones ultraveloces, de los cohetes A-4 y A-9 teledirigidos, dotados de una autonomía de varios millares de kilómetros y accionados por un ingenio propulsor alimentado por una mezcla de alcohol y de oxígeno líquido; de todo cuanto nuestra técnica ha venido creando a través de inmensos sacrificios y años de estudio, esperamos el milagro. Por algunos meses aún debemos apretar los dientes, encajar y reaccionar en los límites de lo posible. Necesitamos tiempo. Veinticuatro horas perdidas podrían ser determinantes.
    A mi pregunta de que si los aliados estaban al corriente de estos secretos, respondió: Sin duda. Sus servicios de inteligencia trabajan sin descanso. Estos bombardeos continuos, conducidos por formaciones de centenares de aviones, son un índice del nerviosismo del enemigo. Churchill, que es sin duda el más inteligente y sagaz de nuestros adversarios, no se hace ilusiones. Sabe que las posibilidades de nuestra técnica son infinitas. Ingleses y norteamericanos buscan las fábricas de las “Vergeltungswaffen”. Visan sobre todo a Peenemunde y a los depósitos de agua pesada, pero con escasos resultados. Para apoyar la obra de los bombarderos han pensado en enviar comandos a las costas de Alemania oriental y a Noruega. Muchos saboteadores han sido capturados: en Noruega, sin embargo, una central de óxido de deuterio ha sufrido daños bastante serios.
    Goebbels se refería al golpe de mano cumplido por el noruego Knut Haukelind, quien junto con otros siete paracaidistas consiguió volar un buque cargado con al menos dos toneladas de agua pesada y dañar el establecimiento de Ryukan.
    El agua pesada -dijo- es el elemento esencial para la fabricación de la bomba disgregadora. Ya antes de la guerra habíamos avanzado por ese camino pero las investigaciones se suspendieron, a causa del desarrollo favorable de las operaciones militares. El “führer” estaba convencido, como por otra parte lo estaban muchos de sus colaboradores, que el conflicto se resolvería victoriosamente sin necesidad de recurrir a armas del género. El profesor Otto Hahn, director del Instituto Kaiser Wilhelm, junto con Strassman, dio a Alemania el prodigioso descubrimiento de la fisión nuclear.

El 6 de junio de 1942 yo estuve presente en una reunión decisiva sobre los estudios atómicos. El “führer” les preguntó a los científicos cuánto tiempo seria necesario para alcanzar resultados positivos. Le contestaron que al menos dos años. Hitler dijo que era demasiado, pero pidió que continuasen los experimentos sin fijar una fecha precisa. Sólo en 1943 cambió de idea y ahora se trabaja a toda marcha, pero entre enormes dificultades.
    Preguntando sobre si la bomba disgregadora podría resolver por si sola la suerte de la guerra, me contestó: No completamente. Si junto con la bomba hay buena infantería y carros la cosa cambia. A esta infantería y a estos carros les estamos dando un armamento que el enemigo ni imagina. Tenemos cañones de nuevo tipo, cohetes e instrumentos que nos permiten mirar y tirar en la oscuridad con toda precisión. Esta especie de lámpara invisible es un objeto no más grande que una mano. Con él los vehículos pueden moverse como en pleno día, los artilleros apuntar sin preocuparse de la falta de luz y los carros atacar. Tenemos una decena de cohetes teleguiados cuya potencia es sorprendente y la precisión desconcertante. Cuando el enemigo vea caerle encima una lluvia de A-4 y A-9, el uno con 10 y el otro con 15 Tm. de cargas atómicas, no sé si juzgará útil seguir combatiendo…
    Goebbels añadiendo: Para nosotros, ahora, en único problema es resistir. Cualquiera en nuestras condiciones, se hubiera rendido hace ya tiempo. Día y noche la aviación enemiga descarga sobre nosotros toneladas de bombas en la esperanza de que cedamos. Hoy los aviadores norteamericanos se pasean por los cielos alemanes. Dentro de algunos meses, con la presencia de nuestros nuevos aviones, ya no ocurrirá así. Nos bastan seis, siete meses al máximo. Son muchos, lo sé, pero la apuesta es enorme, decisiva. La salvación de Alemania ha sido confiada a sus genios.
    Fueron sus últimas palabras antes de despedirme. Por la calle la gente reentraba de los refugios. Sobre Berlín había una claridad neblinosa. En el horizonte se reflejaban unos incendios.
    Los meses indicados por Goebbels transcurrieron y la guerra acabó con la derrota de Alemania. Muy pocos de los medios prodigiosos mencionados entraron en acción, y por tanto quienes sostuvieron que las armas secretas eran solo un expediente propagandístico creyeron haber tenido razón. Sin embargo, como he dicho al principio, ni Churchill ni los Estados Mayores, ni los servicios secretos aliados, incluido el de los rusos, eran de ese parecer y sus preocupaciones como observaron una vez finalizadas las hostilidades, eran más que fundadas. El capítulo de las armas secretas era una realidad pasmosa de la guerra. Los prodigios de hoy, que duda cabe, nacieron entonces.          Volver al artículo principal »

Goebbels